martes, 17 de julio de 2012

Incompetentes | Capítulo Cinco


V.                    Contradicción

El bar de la esquina está lleno de gente, en su mayoría abogados que se encuentran con clientes para discutir detalles de sus casos. La razón de esa calidad de gente es que Victoria vive cerca de tribunales, entonces los doctores son habitués del barrio. De todas maneras, poco importa eso a la historia. Después de todo, la persona a la que ella espera no es un abogado todavía, aunque esté en sus planes serlo. Revisa su celular cada cinco milisegundos. Si hay algo que odia es estar sola y que el mozo se le acerque a tomarle el pedido. Nunca sabe qué hacer. “Estoy esperando a alguien”  con su mejor cara de póker. Y lo putea internamente, claro. Son ocho menos veinticinco y Benjamín no llegó al bar. No puede levantarse e irse porque ya se vendió con el mozo, aunque peor sería estar ahí dos horas seguidas y que nadie llegue jamás. Quizás lo mejor sea pedirse un café y, en el caso de que lleguen las ocho y el susodicho no haya llegado, simular una conversación por celular con él fingiendo comprender totalmente que no pueda venir porque su madre está internada de urgencia por una fractura de cadera…

-         Hola Vicky – levanta la vista y lo encuentra todavía con el traje, y con cara de cansado. Deja la mochila al lado de la silla y se sienta frente a ella, agotado - ¿Ya pediste?

-         No… te estaba esperando – es la primera vez que ella siente vergüenza con él. Y Benjamín lo nota.

-         Ah, bueno – le hace señas al mozo para que se acerque – un cortado y dos medialunas de grasa por favor. ¿Vos que querés, Vi?

-         Eh… una lágrima y dos medialunas dulces.

Los dos se miran porque no saben bien qué decir. El murmullo de alrededor llena el vacío entre ellos. Quieren hablar pero no encuentran las palabras, porque ninguno entiende qué es lo que pasó, o cómo pasó… Una vez que el mozo les alcanza su pedido, Benjamín sorbe un poco de café y apoya los brazos en la mesa. La mira fijo y ella se incomoda un poco, pero no le baja la mirada. Ya dijimos que Victoria es orgullosa.

-         Bueno… Me parece que hay algo que aclarar, ¿no? – Vicky frunce el labio y asiente.

-         Parece que somos aluma y ayudante… - y lo dice con todo el pesar del mundo.

-         ¿Vos sabías? – la mira un poco enojado. Y lo obvio, se siente usado.

-         ¡No! – y ella se asusta porque eso es justamente lo que quiere dejar en claro – por algo puse la cara que puse hoy…

-         Yo nunca me di cuenta… nunca hilé tu edad con el año de la facu… soy un boludo – se agarra la cabeza con las manos y Vicky siente la necesidad de abrazarlo.

-         Basta Benja, ¿Cómo ibas a saber? Ya está – con vergüenza estira su mano y acaricia apenas el brazo de él, que la mira con una media sonrisa.

-         Sí, pero tengo que tener más cuidado con éstas cosas… porque imagino que no es cómodo para vos tampoco.

-         No, no sabía dónde meterme hoy en el aula – se sincera totalmente – igual, quedate tranquilo, sólo le conté a Bianca y ella no va a decir nada. Pongo las manos en el fuego por eso.

-         De… eso te iba a hablar. Estaría bueno que no… le dijeras a nadie. Y ya sé que te va a sonar a egoísta y a hijo de puta, pero corro el riesgo de que me echen de la cátedra por esto y… no da.

-         No pienso eso, Benja. Es… totalmente lógico lo que me pedís – aunque por dentro le duela –y por eso te digo, quedate tranquilo que no voy a decir nada. Hago como que no te conozco…

-         Perdoname, Vicky. Fue una… confusión – y a ninguno le convence ese término.

Él se ofrece para acompañarla hasta el departamento porque le queda de pasada. Ella insiste en que no va a perderse por una cuadra pero Benjamín insiste. Y no por nada es un futuro abogado: es un experto en el arte de convencer.

Ambos intentan descontracturar la situación, pero es casi imposible por dos motivos: uno que ellos conocen, y otro que sólo sé yo, que soy la autora. Está a la vista que los incomoda la, ahora sí relación que los une. Son alumna y profesor y no hay excepción a la regla. No hay forma de escaparle al destino, es un callejón sin salida. Pero además, ambos se miran con ganas de desaparecer, de olvidarse de la triste realidad que tienen y volver a ese sábado, o a ese domingo, donde todo estaba permitido y todo estaba bien.

Benjamín quiere envolverse en su locura una vez más. Porque Victoria lo sacaba de su eje, lo sorprendía a cada instante y con una facilidad envidiable. Y ella no lo sabe, pero las siguientes veces que él salió de parranda  con sus amigos, ninguna chica le llamó la atención de esa manera. Nadie vino a encararlo como ella ni a sonreírle entre angelical y provocadora.

Y Victoria no se queda atrás. Ella nunca admitirá que está hasta la manija con un chico porque desde que cortó con Darío no quiso saber más nada con el amor. Para ella todo era un juego, todo era diversión a corto plazo. Sin nada que la ate a nadie, sin las exigencias de explicaciones o llamadas: ella amaba su libertad. Pero, como sucede en toda historia, con Benjamín fue diferente. Porque sus ojos la bajaron de un hondazo a la realidad, y su sonrisa vergonzosa la terminó de matar de amor. Benjamín era un buen tipo, y eso se notaba a leguas. Y era lo que Vicky necesitaba: alguien que la quisiera bien. Pero, de tan acostumbrada que estaba a jugar con el destino, ésta vez le salió mal. Y se puteó toda la tarde hasta el cansancio por varias razones: desde haber permitido que Bianca se llevara su encendedor y haberse visto en la necesidad de pedirle fuego a un desconocido que resultó ser su ayudante de cátedra, hasta por haberse anotado en esa comisión el año anterior.

Ellos quizás no lo noten, pero hace cinco minutos que llegaron a la puerta del departamento de Victoria y se miran. Ella juega nerviosa con las llaves de su casa – como si no supiera cuál es la que debe usar para abrir la puerta de abajo – y él se revuelve el pelo. Se miran y saben lo que quieren. Se miran y saben que no pueden, que no deben, que es totalmente inadecuado lo que buscan. Porque él es el profesor, y ella la alumna.
Pero – piensa ella – el profe no debería tener esos ojos oscuros que ponen nerviosa a cualquiera, ni ese pelo despeinado que le queda bien sólo a él. Y piensa también que es absolutamente injusto que su ayudante de cátedras tenga semejantes pectorales, y más aún que debido al calor que se siente en marzo en la capital federal lleve los dos primeros botones desprendidos y la corbata en la mochila. Pero el colmo de los colmos es esa boca perfecta… labios gruesos y un rojo manzana… rojo pasión.

Y si vamos a hablar de contradicciones, o de cosas injustas, escuchémoslo a él, que está cautivado con ésta rubia loca desde que se acercó a pedirle fuego. Y qué gran connotación literaria podríamos hacer con eso… pero no, Benjamín está ocupado mirando con atención sus ojos celestes y extremadamente cristalinos, que se pierden un poco entre su flequillos recto. Cree que ya se aprendió de memoria sus curvas peligrosas pero por si acaso vuelve a admirarlas con cautela: Victoria es linda por donde se la mire. Y lo peor: Victoria es cautivadora por donde se la mire. Es casi imposible resistirse a su encanto, a su frescura, a sus diecinueve años llenos de locura, de frenesí. Y piensa que es casi imposible porque quiere mentalizarse en que él tiene que poder. Es una alumna, es una posible razón para que lo echen de la cátedra a la que tanto le costó llegar. Es un obstáculo entre la libertad y las prohibiciones. Pero es tan linda… y lo mira fijo como él a ella.
Benjamín entonces piensa que hay una pequeña, casi mínima posibilidad de que ella esté pensando lo mismo que él. Y que quizás – sólo quizás – ella también este reprimiendo sus instintos. Como él, como debe ser, como tiene que hacer.  La mira y por primera vez, siente que ella no sabe qué hacer. Y lo mira, como esperando algo. Alguna señal, algún gesto… algo que haga que su debate interno termine de una vez. Benjamín sabe que juega con fuego. Y qué curioso, el fuego los unió y en el fuego quizás terminen incinerados.

Él se acerca despacio, con cautela. Sabe que tiene que irse. En principio porque tiene varias cosas que hacer, pero además porque es peligroso que se quede. Y todo razonamiento vale hasta que llega a una distancia prudencial pero que le permite sentir su perfume. Esos aromas bien de mujer que te enceguecen por completo, que obstaculizan cualquier pensamiento que atraviese tu mente. Respira y quiere contenerse. Respira y cuenta hasta uno… dos, y no puede llegar al tres. Instintivamente la toma de la cintura y la aprieta a su cuerpo. La besa con pasión y la deja sin palabras. Le late el corazón a mil por hora, erráticamente. Se putea internamente porque sabe que no puede, sabe que se está metiendo en problemas. Pero la besa, y no la quiere soltar. Y Victoria claramente no quiere soltarse, porque ya cruzó sus brazos detrás del cuello del chico y amolda su boca a la de Benjamín.

No saben qué es lo que los hace necesitarse tanto, pero no les importa porque lo dejan ser. Quizás sea simplemente ese gustito distinto que tiene lo prohibido, o tal vez haya algo más. No lo averiguaran ahora, claro está. Victoria está ocupada intentando abrir la puerta sin dejar de besarlo. Y Benjamín se ríe para no llorar. No sabe por qué hace lo que hace, simplemente lo hace. Por eso Vicky no se sorprende cuando tras cerrarse la puerta del ascensor él la besa de nuevo. Con iguales o más ganas que antes. Como si quisiera llenarse de ella lo máximo posible. Victoria está acorralada entre la pared y él, y los únicos sonidos que acompañan el momento son sus respiraciones agitadas y los pip del ascensor cada vez que pasa un piso más.

Caminan como pueden hasta la puerta del departamento de Vicky. Y nuevamente el temita de la puerta, que lo pone tan nervioso que termina abriéndola él – aunque si fuese por él, la habría tirado abajo. No quería saber nada de obstáculos en ese momento. Ella lo guía porque el departamento es terreno desconocido para él. Y para cuando los dos se caen en el sillón del living ella ya no tiene su saco y los zapatos de él quedaron en el camino. Tanta sed de besos tienen que respiran entrecortadamente y sin despegar sus rostros. Se besan como si fuera la última vez que puedan hacerlo – porque tal vez lo es.

Y Benjamín la mira y sonríe, porque no pueden ser tan distintos. Ella rubia y él morocho. Ella desfachatada y él un poco más estructurado. Ella alumna y él profesor. Y vuelve a caer en la realidad cuando su camisa ya está en el piso y la remera de ella está en camino a eso. Entonces se frena, y la mira. Siente un vacío en el pecho y la mira, porque es imposible no hacerlo. Respira con dificultad porque está agitado y se maquina. Sus recuerdos vuelven una y otra vez. La fiesta, el boliche, el alcohol, el patio, la gente, ella. De las cientos de personas que fueron a bailar esa noche solo ella se le acercó. Sólo ella lo hipnotizó y lo divirtió a sobremanera. Ella. La facultad, el aula, las listas, los alumnos, la asistencia… ella. De los miles de alumnos que tiene la facultad de Ciencias Políticas, de entre las quince comisiones de Constitucional que existen, en la suya tuvo que inscribirse. Parecía apropósito. Como si todo estuviera dado para que no dejaran de cruzarse. O quizás para que empezaran a alejarse. Todo se contradice con todo, nada tiene sentido.

Él sigue respirando agitado y vuelve a toparse con esos ojos celestes, que ahora lo miran preocupados. Vicky no sabe qué hacer, de nuevo. Lo jodido es que él tampoco.

-         Perdoname, no… - se odia internamente. No quiere ser así con ella, pero así le sale – yo no… no, no puedo. No… no puedo.
Victoria no puede reaccionar. Lo mira confundida mientras él vuelve a ponerse la camisa con velocidad y se calza los zapatos. No sabe qué decirle, si pedirle que vuelva, si putearlo por imbécil. Sabe en el aprieto que se están metiendo, pero no puede contener sus ganas de estar con él. Y le hubiese encantado que Benjamín se volteara a mirarla antes de desaparecer por la puerta, pero no lo hizo. No podía, aunque ella no lo sepa. Una mirada más de esos faroles cristalinos y jamás volvería a tener cordura. De eso estaba seguro. Así como estaba seguro de que se estaba portando como un reverendo imbécil. No se juega así con las mujeres, se repite mil veces en el camino a su departamento. Y está tan confundido, tan perdido que simplemente se deja caer en su cama. Y le pega con fuerza al almohadón, y se putea en voz alta. No sabe qué hacer, ya no entiende de lógica. No porque no quiera, si no porque sus instintos – y su corazón, aunque quizás él no lo admita – le dicen una cosa y la mente le dice otra. Y se siente rehén de sus propios pensamientos.

Se baña para sacarse todo eso de la cabeza. Para poder relajarse y tirarse en el sillón a mirar televisión. Cualquier cosa con tal de despejar la mente, de no pensar en Victoria. Pero no puede, porque todo la lleva a ella. Y sí, ellos son la contradicción permanente. La pareja más dispareja. Pero, ¿no dicen acaso, que los opuestos se atraen?

un franciscano, con la biblia en una mano
y en la otra, un libro de platon
la fe contra la razon...
la sensacion de darle rienda suelta
al corazon, sin una previa vuelta
desperta, que ponga el freno de mano
asi podes llegar entero al mano a mano
con la vida...


domingo, 15 de julio de 2012

Incompetentes | Capítulo Cuatro


IV.                     A  medias.

La rutina vuelve a aparecer en la vida de Victoria. El despertador suena con ganas y ella lo apaga enojada, aunque sabe que el primer día de cursada espera por ella. No existen excusas que valgan esa mañana: hay que levantarse y ponerle onda a la vida.

Termina de destaparse y se refriega los ojos, malhumorada. Mira las paletas del ventilador del techo moverse como se fuera lo más interesante del mundo. Busca su celular debajo de la almohada y se encuentra con un mensaje de Franco incitándola a que se levante. Es que Bianca y Victoria son iguales cuando están apenas despiertas, y él seguramente ya esté tratando de poner de buen humor a su hermana

Una vez despabilada se hace un rodete desprolijo en la cabeza y va al baño a abrir la ducha. Mientras espera que el agua se caliente un poco prende la radio del living y abre apenas la persiana. Hay poca luz a las siete de la matina, pero Victoria ama la brisa fría que se cuela por las hendijas. Se ducha con rapidez, porque le costó tanto salir de la cama que se le hizo tarde, y sale envuelta en su bata rosa viejo con destino a su dormitorio. Elije un jean ajustado con una musculosa blanca que tiene pequeñas flores dibujadas, y se lleva también un saquito cómodo para usar en el aula – porque en su facultad las temperaturas son distinas: en verano hay que ir con saquito y en invierno con mangas cortas: la bendita calefacción central.

Como es el primer día, Vicky sólo lleva un cuaderno pequeño, la agenda y algunas lapiceras. Revisa la cartera para chequear que tanto la billetera como el teléfono y el monedero están ahí. Recién entonces se mira en el espejo que tiene en el pasillo, se pone un poco de perfume y abandona el departamento.

Se enchufa a los auriculares del mp4 y deja que la música le cambie el humor de esa mañana. Camina apurada hasta la parada del colectivo que la dejará en la facultad mientras susurra por lo bajo una canción.

 Si la verdad es a medias
un príncipe sera un sapo,
los reyes magos maleantes
que te roban los zapatos
a medias sera un favor
si después no echas en cara
caricias a una mejilla
y a la otra bofetadas.
 
 
Antes de bajarse del colectivo, Victoria encuentra un mensaje de Agostina avisándole en qué número de aula cursarían ese cuatrimeste. Ella siempre será la responsable del grupo y la que llegue más temprano a las clases – aunque, paradójicamente, sea la que más lejos vive. Vicky sonríe porque tres cuartas partes de las personas que están con ella en el bondi son estudiantes de su universidad, y todos llevan la misma cara de dormidos. Al menos no es la única que no logra acostumbrarse a éste asuntito de la vuelta a la rutina matutina.
 
 
Llega al salón 247 cinco minutos antes del horario estipulado, y se enorgullece de ella misma por semejante hazaña. Bianca ya está charlando con Milagros y Erica, dos de sus compañeras que regresaron de su viaje a Europa hace un par de días, y seguramente están poniéndola al tanto de todo. Vicky se junta con el resto de sus amigas mientras acomoda su cartera en el pupitre.
 
La primer materia de segundo año con la que se encuentran es Historia de las Ideas Políticas III. Al Licenciado Gomez Bassells ya lo conocen porque cursaron con él las dos partes anteriores de esa materia, entonces la presentación se hace completamente obsoleta. Dedican la clase a hablar de la bibliografía obligatoria y de algunos conceptos introductorios para ésta parte. Jazmín no logra seguir el hilo de las ideas del Lic – odia la materia, y sigue sin poder creer que tiene que fumársela un cuatrimestre más – y se dedica a hacer pequeños dibujos en el margen de su cuadernillo. Bianca es una loca maníaca de los apuntes, escribe absolutamente todo lo que el profesor dice y hace – ha llegado a describir a la perfección las muecas del profe mientras habla. Agostina y Pierina son un punto intermedio, digamos que son el equilibrio del grupo. Y Victoria… Victoria hoy es otra historia. Normalmente escribiría a más no poder – aunque no tanto como Bianca – y participaría activamente en la clase – es una fanática de los debates y las confrontaciones- pero ese día está como ida… y sólo Bianca sabe por qué.
 
 
Benjamín no para de ir y venir por su mente. Desde la tarde de películas no se vieron más, y eso la inquieta. Se mandaron un par de mensajes pero nada más, sólo eso… Y quizás el destino con el que tanto jugaban fuera ese: que se vieran dos veces, se divirtieran y luego a otra cosa. Pero no, Victoria estaba encaprichada con encontrarlo de nuevo, e incluso evaluó algunas posibles hipótesis sobre su ubicación actual. Porque, recordemos: lo único que Vicky sabe de él es que estudia derecho en su Universidad y que vive cerca de su casa. Y con esa escasez informativa no podía hacer nada productivo.
 
Después de tres bloques de Historia de las Ideas Políticas, las cinco chicas van hasta el bar del edificio para despejarse. Ésta vez se les unen Lucho, Marcos y Fede, que las ponen al tanto de sus vacaciones juntos en la costa argentina. Si hay algo que Victoria disfruta de ir a la facultad son éstos momentos con sus compañeros. Porque, por suerte, hay mucha buena onda entre todos ellos, aunque se conozcan hace poco y sean unos cuasi extraños. Y además, porque a pesar de ir a una facultad privada y ser catalogados como nenitos de mamá por los que miran desde afuera y no saben nada, el hecho de que la mayoría sean de ciudades del interior ayuda a que se entiendan y acompañen entre ellos. Porque comprenden lo jodido de dejar tu familia para venir a seguir tu vocación a una ciudad que, la mires por donde la mires, es gigante y ajena. Y sobre todo, saben que no los hace mejores ni peores que nadie el lugar en el que están: la carrera la hace cada uno, a su manera y bajo sus ideales.
 
 
Y claro que la charla entre universitarios termina derivando en la gran fiesta post-finales: los hombres se la habían perdido y querían saber todo. Victoria patea con disimulo a Bianca para que cierre la boca. Por alguna extraña razón no quería compartir su ¿historia? Con Benjamín con nadie más. Entonces terminó en una descripción de lo buena onda de la gente y la noche genial que pasaron todas. A los chicos los dejas contentos con eso: les hablas del alcohol que tomaron y de la cantidad de público femenino presente y ya se arrepienten de haber faltado.
 
Once y media en punto suben las escaleras con el resto del alumnado para la última clase del día. Tan sólo dos bloques de Teoría y Derecho Constitucional los separaban de la libertad facultativa. Todos ansían que el profe haga la presentación formal y los deje irse antes, es decir, que sea del bando de los que cree que la primer clase no es para dar contenido si no para un breve pantallazo general de la materia.
 
 
El hombre que atraviesa la puerta en cuestión es bastante joven. Victoria calcula que, con toda la furia, tendrá unos treinta y siete años. Llega elegantemente vestido: traje negro con rayas grises finitas, camisa blanca, corbata verde oscuro y pañuelo haciendo juego. Gemelos de oro en las muñecas y teléfono último modelo en la mano. Es claro que es abogado, lo delata su vocabulario técnico mientras habla por teléfono y las miles de carpetas – o expedientes, quizás – que trae en su brazo. Apoya todo en el escritorio y les sonríe, simpático. Vicky mira a Jaz porque sabe que ya se enamoró de sus ojos verde agua – además, Jazmín siempre se enamora de alguno de sus profesores, es algo así como una motivación interna que tiene para ir a clases. O, en el idioma de sus amigas, otra de sus pavadas. 
 
-         Buenos días, chicos – tiene voz grave, que lo hace parecer más grande de lo que en realidad es – soy el Doctor Lamas, y seré quien les dicte la materia Teoría y Derecho Constitucional – a medida que iba nombrando la asignatura, escribía todo en el pizarrón, mientras los alumnos hacían lo mismo en sus cuadernos – tengo treinta y seis años e integro la Comisión encargada de la próxima reforma Constitucional – y ahí terminó de cerrar la idea de que era abogado: siempre intentando impresionar con el currículum.
 
 
-         Me enamoré, Vi – ya lo anticipamos. Jazmín se enamora de todo ente masculino que pasa ante sus ojos.
 
-         Según tengo entendido, cursaremos juntos los lunes y… jueves – consulta en su agenda porque la memoria le falla – de once y media a una. ¿Correcto? – la clase asiente, obvia – Muy bien. Como sabrán, la cátedra no está compuesta sólo por mi. Yo soy el titular de la materia, y cuento con un adjunto a quien conocerán el próximo jueves, el Dr. Barbieri. Así nos dividiremos las clases: yo vengo los lunes, y él los jueves.

-         Me está dejando de caer bien con tanta obviedad – Bianca le susurra a su amiga mientras anota el nombre del adjunto. Vicky sólo ríe, porque todavía no sacó conclusiones sobre ninguno.

-         Pero, a quien si verán todas las clases es a nuestro ayudante de cátedra. Es un junior ayudante de mi estudio al que estamos entrenando para ser profesor en algún tiempo futuro – la clase ríe por compromiso – debe estar por llegar, le pedí que buscara las planillas de asistencia para que podamos tomar lista.

-         ¡Yo canto al mini abogado! – Jazmín ya se olvidó que estaba “enamorada” del profe ya recibido.

Victoria sigue en su nube, así que ni se molesta en responderle. Le deja ese trabajo a Bianca, que seguramente ya está dando su discurso de lo anormal que es que Jaz esté tan desesperada. Sus amigas se ríen, porque son conscientes de que ambas están locas. Pero, de repente, Vicky se ve obligada a caer de prepo en la realidad. Y lo que se encuentra es lindo y desesperante a partes iguales. Ahí delante, vestido con un traje azul oscuro que puede dejar sin aliento a cualquiera, con una corbata negra que hace juego con sus ojos, y una mochila colgada de un solo hombro que la mata de amor, está Benjamín. 
 
 
Contiene la respiración por unos pocos minutos y se plantea seriamente retirarse corriendo del salón. Hay una posibilidad en un millón – o en más, también – de que Benjamín sea el ayudante de cátedra de la materia. No, definitivamente debe ser un error y el chico simplemente está pidiendo tizas prestadas porque el profesor con el que está cursando en ese momento se quedó sin. Y no le importa verlo saludarse con Lamas como si fueran viejos amigos, ni sentarse pancho en el escritorio al tiempo que abre la carpeta que contiene las listas de asistencia. Victoria y su mente negadora siguen pensando que es un error, una equivocación, algo que claramente no está sucediendo.
 
-         Vicky… - Bianca chasquea los dedos delante de la cara de su amiga para que reaccione - ¡Victoria, ¿qué te pasa?!
 
-         ¡Es Benjamín! – se achica en su silla mientras le susurra a su amiga, que no entiende - ¡Benjamín, el del boliche, el de derecho!

-         ¿El de la fiesta de la facu? – Bianca abre sus ojos como le es físicamente posible al tiempo que Vicky asiente - ¡me estás jodiendo!

-         No, no, no ¡me quiero morir! – se tapa la cara con las manos y Bianca contiene la risa – no le veo lo gracioso, nena. Cuando tome asistencia se va a dar cuenta que soy yo.

-         ¿Estás segura que es él, Vi? – su amiga la mira, obvia – bueno, perdón.

-         Chicos, él es Benjamín Iribarren, nuestro ayudante de cátedra y encargado de trabajos prácticos – él sonríe tímido desde el escritorio. Victoria muere de amor, una vez más - ¿tomamos lista?

Entonces Benjamín nombra uno por uno a sus compañeros. Y mira extraño a Bianca cuando ella da el presente con más alegría que los demás alumnos – claramente se estaba riendo de Vicky y la situación. Y la susodicha se escondía cada vez más en su asiento. Era un camino sin salida. Y el hecho de ser una de las últimas en la lista la ponía mas nerviosa, porque su turno no llegaba más. Pero, cuando escuchó Vega no tuvo más remedio que levantar la mano y dar el presente. Y ahí se cruzó con sus ojos oscuros, que por mecánica la miraron y regresaron a la lista, pero por reacción volvieron en seguida a ver la cara de la chica, que a ésta altura ya estaba bordó. Benjamín la mira y no entiende nada… a él tampoco le cierran las ideas. Pronuncia con dificultad el siguiente apellido, producto de la sorpresa que le trajo ver a la misma rubia loca que conoció en el boliche sentada frente a él y en calidad de alumna.
 
 
Por suerte, y como pronosticó la mayoría de los alumnos, Lamas se limitó a hablar sobre los contenidos en general y las normas de la cátedra. Y aunque suene masoquista, Vicky solamente dedicó su tiempo a observar cada movimiento de Benjamín. Lo vio morderse el labio nervioso y reír por compromiso en la mitad de los chistes que el titular hizo sobre él. El ambiente estaba tenso aunque sólo ella y él pudieran sentirlo. Había algo que desestructuraba la escena – como cada vez que ellos estaban juntos.
 
 
La clase terminó y todos los alumnos salieron apurados del aula. Vicky se metió entre el gentío como queriendo camuflarse, aunque sentía la mirada de Benja clavada en su espalda. Sabía que era amoral que hablaran en la universidad, así que pensó en mandarle un mensaje más tarde. No quería que él pensara que había planeado todo a propósito, aunque así lo pareciera. 
Pero, por primera vez en ésta historia, Benjamín se adelantó a Victoria. Salgo del estudio a las siete. Te veo en el bar de la esquina de tu departamento y media. Y por favor, nada a nadie
 
Vicky leyó y releyó el mensaje mil veces. Lo notaba enojado, quizás algo confundido… un poco ansioso, algo tenso… con miedo también, pero más que nada se lo imaginó desconcertado. Como estaba ella en ese momento. 
Bianca la invita a almorzar con ella y Franco al departamento. Y Victoria va por inercia, porque su amiga la agarra del brazo y la lleva hasta el colectivo como si fuera su madre. Sabe que no va a poder distraerla mucho y que todas las conversaciones del día tendrían que ver su profe nuevo. Porque, desde el inicio, Victoria sabía poco y nada de Benjamín, y viceversa. Desde el principio, todo entre ellos fue a medias.
 
Un poema a medias tintas
serán letras borroneadas,
una pluma que te ofrece
homenajes a la nada,
entera dame tu boca
no la mitad de tus labios
que me endulzan con sus besos,
y me escupen con agravios.
 
 

martes, 10 de julio de 2012

Incompetentes | Capítulo Tres


III.                    Loca.

Victoria vuelve a abrir los ojos a la una de la tarde. Ella es así: siente que si duerme hasta muy pasado el mediodía no tiene vida. Abre la ventana de su pieza para que entre luz y se estira hasta hacerse sonar los huesos. Busca la botella de agua que siempre deja en su mesa de luz por la noche y bebe la mitad: siempre amanece con sed después de una salida con mucho alcohol. Revisa el celular mientras se pasea en remera y bombacha por su living-comedor. Claro está que tiene un mensaje de Bianca intimándola a que aparezca en su departamento a la brevedad porque ambas tienen mucho para contar. Sonríe pero no mucho: esperaba tener un mensaje de Benjamín también. “Basta, Victoria. No te hagas la cabeza con un flaco que no sabes quién es” Sacude la cabeza y se mete al baño para darse una buena ducha.

Se calza unas babuchas floreadas, con una remera rosa chicle y zapatillas cómodas a tono. Busca en el perchero su morral y sale del departamento con sus anteojos oscuros. Quiere evitar a Jorge porque sabe que va a gastarla con el episodio de anoche, así que atraviesa el hall de entrada a toda velocidad.
El departamento de Bianca queda a quince cuadras del de Victoria. Normalmente iría en colectivo, pero hoy tiene ganas de caminar. Y además – agrego yo, porque ella nunca lo admitiría- tiene una pequeña esperanza de cruzarse a Benja por el barrio. Después de todo, y asumiendo que no le mintió, él dijo que vivía cerca. Se enoja consigo misma, porque no quiere que él sea más que “un chico que conoció en el boliche”. No tiene por qué ser más. Después de todo, no sabía nada de él. Todo lo que tenía eran suposiciones. Pero esos ojos oscuros la habían hipnotizado por completo. Había algo en él que le llamaba la atención y que la incitaba a conocerlo un poco – o quizás bastante – más.

Bianca baja en pijama a abrirle la puerta a su amiga. No tiene muy buena cara, así que Vicky supone que Franco le armó un pequeño escándalo por su ida con Martín. Llegan al noveno piso en cuestión de segundos, y atraviesan la puerta sin hacer demasiado ruido, como para que cierta persona no se de cuenta de su presencia.

-         ¡Contame nena! ¿Quién era ese flaco? – Bianca está sentada cual indio en su cama y abraza un almohadón con ansiedad. Vicky se toma el tiempo para cebar un mate y tomarlo, recién ahí se dispone a hablar.

-         Benjamín – y Bianca se queda mirándola - ¿qué?


-         ¿Cómo qué, Victoria? ¡Qué se yo quién es Benjamín! ¡Decime algo más!


-         Yo tampoco se quién es, lo conocí ahí – hace hombritos y su amiga siente ganas de pegarle.


-         ¿Cómo lo conociste?


-         Le fui a pedir fuego porque alguien – y recalca la última palabra – se quedó con mi encendedor.


-         ¡Y me lo reprochas! ¡Un monumento me merezco! Estaba bárbaro el chico, Vi.


-         ¡Bianca! – y las dos ríen escandalizadas – sí, es muy lindo.


-         ¿Y pasó algo?


-         Chapamos . Me acompañó a casa… nada… Lo normal.


-         ¿Te acompañó y qué? ¿Te tiró la onda de algo más?


-         No, es un divino – y una sonrisa idiota se le dibuja en la cara – me acompañó en taxi, nos quedamos charlando en la puerta y se fue.


-         ¡Ah, un extraterrestre! – y Vicky estalla en carcajadas – vamos a lo que es, Vi. Los tipos hoy en día piensan en llevarte a la cama.


-         Bueno, Benja no.


-         Ay, ay, ay, Benja no – lo dice con voz de boluda y a Victoria le da bronca - ¿no sabes nada más de él? ¿es de la facu, de políticas?


-         Estudia derecho en nuestra Universidad, es lo único que se.


-         ¿Será compañero de Franco? Tenía pinta de más grande… - Bianca se toma la pera con la mano mientras saca conjeturas.


-         Ni se te ocurra preguntarle – la amenaza con la mirada – y… nos pasamos los celulares.


-         ¿Lo llamaste, te llamó… algo? – Vicky niega – ni se debe haber levantado gorda, todavía.


-         Sí, no se… no importa… ¡Contame de vos! ¿qué onda Tincho?


-         ¡¡¡¡¡¡¡BIANCA!!!!!! – la voz de Franco a través de la puerta las interrumpen.


-         ¿Qué? – es obvio que están peleados, porque le contesta peor.


-         ¡¿Qué le dijiste a mamá?! – entra en la habitación y la mira como para asesinarla.


-         ¿Yo? – se hace la boluda.


-         Sí, vos. ¿Qué le contaste? – se cruza de brazos cual nene encaprichado y espera una respuesta.


-         No sé, le cuento muchas cosas a mamá… ¿a qué te referis?


-         A que me dijo que no se me ocurra caerle con novia al sur hasta que me reciba de abogad y tenga, mínimo, dos años de experiencia – Victoria rompe en risas. Ya sabía de dónde había sacado Bianca lo aparato - ¿tan buchona vas a ser, pendeja?


-         Ah, porque vos no fuiste botón con lo de “Bianca se creyó que Martín era papá y se le colgó toda la noche”


-         Son los dos iguales, yo no sé de qué se quejan – Vicky quiere mediar, porque sabe que de lo contrario la pelea durará siglos.


-         Pero ella miente, ¿qué novia tengo yo, a ver? – Franco es un nene cuando quiere.


-         Franco, estamos hablando cosas importantes con Vicky, ¿te las podes tomar por favor? – Bianca se para sobre su cama y señala la puerta.


-         Sí, sí, mejor quedate acá adentro que en un rato viene Sofía y no quiero que la espantes – le saca la lengua y cierra la puerta.


-         ¡¿Y después decís que no tenes novia, idiota? – le tira un almohadón que se estrella contra la ya cerrada puerta de la habitación.


Bianca logra calmarse después de despotricar contra Sofía, su hermano, las mujeres histéricas y los hombres pollerudos. Y recién ahí puede concentrarse y contarle a Victoria la noche con Martín. Ella estaba completamente enganchada con él, y se notaba a leguas. El problema era que él era el típico pirata que tenía a cuanta mina quería. Pero Bianca es así, le encantan los desafíos. Ama darse manija hasta encontrar la solución al problema más enroscado, porque eso la hace sentirse útil, y hasta viva. Bianca quería a Martín y Victoria sabía que no iba a parar hasta conseguir hacerlo cambiar de opinión, aunque eso significara no volver a hablar con Franco – recordemos a Franco y sus celos fuera de control.
Victoria siempre admiró la manera de ser decidida de Bianca. Porque si bien las dos eran mandadas e iban al frente siempre, a Vicky le costaba más el segundo paso que el primero. Siempre le tuvo miedo al día después, al “¿qué hacemos ahora?”. Pero, paradójicamente, ahora está rebanándose los sesos pensando en si Benjamín se acuerda de ella, si realmente la va a llamar, si no se arrepiente de haber pasado la mitad de la noche con una rubia loca.
No le cuenta todo esto a Bianca porque sabe su respuesta – la conoce mucho a ésta altura – “mandale vos un mensaje, preguntale qué está haciendo”. Y si hay algo que caracteriza a Victoria es ser ogullosa. Bajo ningún punto de vista quería quedar como una mujer desesperada por más de que efectivamente lo esté. Así que si Benjamín no quería saber nada de ella, ella mucho menos de él.
Bianca propone ir a comprar algo para merendar al super de abajo, y ambas dejan el departamento sin saludar a Sofía, que ya está acomodada con Franco en el sillón. Compran un cartón gigante de chocolatada y varias galletitas dulces: bien de domingo. Se plantean comprar una película también, cosa de deprimirse por completo, pero entonces recuerdan que el sillón está ocupado. Y Bianca se enoja de nuevo, y vuelve al departamento pisando fuerte por la bronca, y nuevamente no saluda a su cuñada y cierra la puerta con fuerza cuando Vicky termina de pasar.
Las chicas terminan leyendo revistas de moda y planeando la indumentaria de otoño que van a comprarse, mientras comen todas las cosas que compraron. Están riéndose de lo ridículo de un vestido de fiesta cuando el celular de Vicky comienza a sonar sin cesar. Tiene que correr la pila de revistas que tiene desparramadas para encontrarlo y aprieta cualquier tecla con tal de callarlo. Entonces, la emoción le llena el cuerpo: un mensaje nuevo de Benjamín. “¿Ya te levantaste de la cama, rubia?” Sonríe como idiota y deja el teléfono a un lado por dos razones: para pensar bien la respuesta y para ganar tiempo: siempre es bueno tardar en contestar.

-         ¿A qué se debe esa cara, Victoria? – Bianca la mira atenta mientras come un chupetín.

-         Alguien me escribió un mensaje – con voz cantarina.


-         ¿Se van a ver? – Bianca sonríe más que su amiga y se acerca para ver el mensaje – ah, bueno… ¿qué es esto? ¿una indirecta para “si queres te hago compañía en la cama?”


-         ¡Siempre con la idea fija, Bianca! Benjamín no es así – ni ella sabía por qué lo defendía.


-         Ay, ay, no es así… ¿y qué sabes? ¡si ni lo conoces!


-         Si quisiera acostarse conmigo lo hubiera hecho anoche, cuando yo estaba totalmente borracha y lo lleve hasta mi departamento. Pero no, me dejó en la puerta y se fue.


-         ¡Esos son buenos tipos, ves! Ya me cae bien Benja.


-         Cada día me sorprenden más tus cambios de humor, Bianca. ¿No estarás embarazada, vos?


-         No lo digas ni en joda, Victoria. ¡Contestale al chico, mejor! Deja de querer hacerte la interesante – la burla mientras levanta los platos con galletitas para llevarlos a la cocina.


“Obvio doc, a las dos ya estaba arriba. Usted recién amanece, ¿no?” Se ríe mientras lo escribe, y duda un par de veces antes de mandarlo. Se siente una nena de quince intentando levantarse un flaco por primera vez. Parece ser que no es la única a la que le rompieron los esquemas.
Bianca vuelve a la pieza con algo de fastidio, que ésta vez no se debe a Sofía si no a su propia familia. Su abuela la había invitado junto con su hermano a cenar a su casa, en un country de las afueras de capital. El lado positivo de todo es que Franco tuvo que despachar a su amigovia para poder prepararse – hay un rato de viaje hasta allá desde el departamento de los chicos. Victoria entonces saluda a su amiga y camina hacia su casa con la misma tranquilidad de esa tarde.
Como no se le ocurre nada para hacer, pasa por un kiosco y compra la película que no compraron con Bianca un rato antes. Al menos podría tirarse en el sillón a reírse con ganas y conocer alguna historia de amor aunque no fuera la suya.
Al momento de pagar, ve en su celular un mensaje nuevo y, lo obvio: un pequeño escalofrío le recorre el cuerpo y la sonrisa le vuelve al rostro. “Tuve un almuerzo temprano, recién llego al pto.. ¿Vos en qué andas? ¿Necesitas que te lleve algo para el estómago o ya te mandaste el botiquín entero?” Se ríe con ganas mientras le entrega los billetes al kiosquero – que debe creer que está un poco loca.
Camina a toda prisa hasta su departamento, y llama con insistencia al ascensor. Está impaciente por llegar y acomodar las pocas cosas que están fuera de su lugar. Y sí, claramente lo invitó de manera solapada a ver una película con ella – de a poco volvía a ser la chica medianamente experimentada de 19- Y cuando él le respondió que su agenda se lo permitía – después de reírse y encantarse a partes iguales de la manera de ir al frente de su rubia loca – a ella no le dieron las piernas para avanzar más rápido.
El portero suena un rato después, y Victoria se mira en el espejo del living antes de bajar a abrir. Benjamín está apoyado en la pared revisando su celular, y ella sonríe porque lo conoció así. Abre la puerta contenta y lo invita a pasar. Él deja un beso en su mejilla y la sigue hasta el ascensor. Y todo es un poco extraño, pero a Victoria le encanta.
-         Adelante – Benjamín mira con disimulo a su alrededor – ¿mate o café?

-         Mate prefiero – ella le guiña un ojo y desaparece detrás de la puerta de la cocina.


-         ¡Sentate, Benja! – lo grita desde allá porque intuye que él sigue parado.


Cuando vuelve al living lo encuentra chusmeando su colección de libros – algunos de la facultad, otras novelas políticas.  Acomoda todo sobre la mesa y le ceba un mate, todavía con un poco de vergüenza.
-         ¿Cómo amaneciste, rubia? ¿Mucha resaca?

-         Un ibuprofeno antes de acostarte hace el despertar más sencillo – y claro que ella tenía sus secretos.


-         Creí que iba a tener que explicarte quién era – le devuelve el mate burlón - ¿qué compraste para mirar?


-         Una película vieja, pero que me encanta – le entrega el dvd mientras llena el mate de agua de nuevo.


-         ¿Locura de amor en las Vegas? – ella asiente como una nena chiquita - ¿te sentís identificada por lo de locuras?


-         Seguramente.


-         ¿Sos de hacer locuras por amor?


-         ¿Te hubiera invitado si no lo hiciera? – y lo deja en jaque. Victoria tiene esas salidas que nunca esperas. Lo deja sin palabras, incluso sin aliento. Él la mira y tiene la certeza de que nunca va a poder descifrarla.


-         ¿Siempre sos así de directa? – ambos estallan en carcajadas, como para descontracturar.


-         Me sale del alma, perdón – se ruboriza apenas  y cruza sus brazos por sobre sus rodillas – por lo menos yo te digo las cosas, vos te haces el misterioso.


-         Ah, porque yo conozco todo de vos – la burla, y Vicky muere de amor – se que estudias políticas, que estás bastante loquita, que sos directa y que, en tus propias palabras, me das toda la vida.


-         No estabas tan borracho entonces – se muerde el labio porque nunca esperó que se acordara de esa frase – Yo de vos sólo se que estudias derecho, claramente estoy en desventaja.


-         Y que no tengo una novia futura politóloga como creíste – ella asiente. Cuando tiene razón, tiene razón - ¿qué queres saber?


-         ¿Edad? – se acomoda para mirarlo mejor. Quiere detectar si le miente.


-         23 – la mira fijo, le está diciendo la verdad - ¿y usted, licenciada?


-         19 – y él se tapa la cara, teatralizando.


-         ¡Sos una nena! – los dos se ríen.


-         Buá, tampoco es que vos podes ser mi viejo, ¿viste?. ¿De dónde sos? ¿Porteño?


-         Rosario – Vicky nota cierta nostalgia en su voz – que no está tan cerca como dice Fito…


-         Yo soy de Río Negro, no me vengas a hablar de distancias – lo amenaza después de darle un mate.


-         ¡Uh, una chica austral! ¡Dicen que son terribles! – ella lo mira mal – No me mires así, puede ser terrible por “terriblemente buena” “terriblemente loca”.


-         Claramente estás estudiando derecho. Siempre queriendo quedar bien – él se siente orgulloso de su vocación - ¿y vos en cuál me catalogarías, si se puede saber?


-         Es mi momento de ser directo, ¿no? – Vicky sonríe mientras asiente con la cabeza – además de terriblemente loca – y se acerca hasta donde está ella – terriblemente interesante – ella se muerde el labio sin creerle – terriblemente mandada – y se ríe porque tiene razón – y terriblemente hermosa.


Ella lo mira como para contestarle, pero Benjamín ya le toma el rostro con las manos y la besa con ganas. A ésta altura Victoria no opone resistencia, porque tiene claro que él le encanta por todos los costados. Entonces se aferra a él y lo besa, se deja besar, le cree todo lo que le dice, disfruta de ese momento y ahí termina el asunto. No sabe qué es lo que quiere con Benja, en ese momento solamente tiene en claro que le encanta tenerlo cerca, sentir su perfume de hombre y que se quede impregnado en su piel. La pone nerviosa su sola presencia, y siente escalofríos cada vez que se rozan. Hacía tiempo que no se conectaba así con alguien, que no se entendía tan bien.
Terminan la tarde desparramados en el sillón viendo las locuras de Ashton Kutcher y Cameron Díaz. Robándose besos a cada rato y riéndose de ellos mismos. Benjamín la mira porque no puede creer cómo se dejó enredar en su locura. Como en una noche le dio vuelta la vida. Porque aunque ella no lo sepa, él quedó encantado con su manera de ser, y no dejó de evaluar maneras para invitarla a salir al día siguiente. Él también volvía a sentirse un chico de dieciséis queriendo conquistar su primer chica. Pero, como no podía ser de otra manera, ella le ganó de mano. Pareciera que las cosas están destinadas a ser al revés entre ellos. Porque fue Victoria la que, nuevamente, dio el primer paso y lo invitó a pasar la tarde. A seguir con esta locura que no saben qué es.
Se despiden sin saber qué pasará. Pero con la certeza de que van a volver a cruzarse. No saben cuándo ni cómo. Simplemente esperan que la vida los vuelva a sorprender, como la noche anterior. Después de todo, Victoria nunca dejará de ser una rubia loca. Y Benjamín estará encantado de dejarse enloquecer.
Baby, I’m so into you
You’ve got that something, what can I do
Baby, you spin me around, oh
The earth is movin, but I can’t feel the ground

Everytime you look at me
My heart is jumpin, it’s easy to see
Loving you means so much more
More than anything I ever felt before

You drive me crazy
I just can’t sleep
I’m so excited, I’m in too deep
Crazy, but it feels alright
Baby thinkin of you keeps me up all night